La escritura nos permite reconocer nuestras emociones y compartirlas. Escribir sobre el amor es una forma de eternizarlo y multiplicarlo.
Hace unos días me topé en Instagram con esta cita tomada del libro Miquiño mío. Cartas a Galdós:
«Sí, yo me acuesto contigo y me acostaré siempre, y si es para algo execrable, bien, muy bien, sabe a gloria, y si no, también muy bien, siempre será una felicidad inmensa, que contigo y solo contigo se puede saborear, porque tienes la gracia del mundo y me gustas más que ningún libro. Yo sí que debía renunciar a la lectura y deletrearte a ti solo».
Es un fragmento de una de las cartas que la escritora española Emilia Pardo Bazán envió al también escritor Benito Pérez Galdós.
Yo, que soy fan y promotora de la escritura de cartas, no pude resistir las ganas de acercarme a ese libro, del que solo sabía que compilaba parte de la correspondencia que estos autores sostuvieron por años, que comenzó con el interés de ambos en la literatura (ella era, al principio, una aspirante a novelista y él, ya un autor consagrado), continuó con el intercambio de críticas sobre los textos de cada uno y de otros autores de la época, y con el paso del tiempo también incluyó frases que solo se dicen los amantes.
Al rato de comenzar a leer, te confieso que me sentí incómoda y dejé de hacerlo. No por el contenido, sino porque caí en cuenta de que estaba leyendo algo muy íntimo. Son cartas póstumas, pero tuvieron dueños. Me cuestioné y cuestioné a quienes decidieron hacer públicas esas páginas que describían anhelos, pasión, miedos, dudas, dolores, melancolía, sueños y angustias de un amor clandestino.
Pero, claro, como seguro imaginarás,valiente, la discreción me duró poco: «Me gustas más que ningún libro. Yo sí que debía renunciar a la lectura y deletrearte a ti solo», ¿no te parece un piropo genial? (Emilia Pardo Bazán escribió esto con fecha del 5 de octubre de 1889). Yo me quito el sombrero.
Tuve que volver a esas páginas, porque como pasa casi siempre, la correspondencia de los buenos escritores es también arte (y chisme intelectual, también hay que decirlo, jaja).
Volví, igual que hacemos todos (o casi todos) con los poemas, las novelas, los cuentos o las crónicas que cuentan historias de amor y desamor. Aunque nuestras vidas no se parezcan en nada a las de los personajes ni a sus autores, es difícil no descubrirnos en alguna o muchas de esas líneas. Todos hemos sentido alguna vez ternura, pasión, rabia, celos, nostalgia, decepción, desengaño, ilusión, nervios… A todos nos ha revuelto la vida el amor. Todos tenemos potencial para escribir sobre el amor.
Igual que en las canciones, las películas o las obras de teatro, detrás de todas esas palabras hay un ser humano que escribe luego de haber sido protagonista o testigo. Lectores y espectadores nos asomamos al corazón de los autores, aún cuando lo que nos cuentan lo hayan solamente imaginado.
La escritura propicia el encuentro. Escribir sobre el amor es reconocerlo y multiplicarlo.
Escribimos para desahogarnos, para declarar nuestro amor o gritar de desesperación ante el rechazo o la ruptura.
No queremos sentirnos solos ni en la alegría ni en el despecho.
Por eso leemos y escribimos o escribimos y leemos.
Cada quien a su estilo, como mejor puede o quiere.
Y allí nos encontramos como humanos.
Mi invitación es a escribir sobre el amor o sobre cualquier otra cosa que sientes sin censura.
Asómate a tu corazón y escribe.
Nombrar lo que nos sublima o lo que nos duele, nos hace bien.