Editar un texto: un proceso duro y necesario

Hablemos de cómo editar es un acto de cuidado y compromiso que todo texto necesita. Escribir es un trabajo individual que tiene que hacerse en buena compañía.


Para mí, escribir es asomarnos -a nuestro corazón, a un espejo- y estoy convencida de que es muy difícil mentirnos a nosotros mismos cuando lo hacemos. Eso nos hace vulnerables y valientes a la vez (¡punto para ti y para mí!✨).

Escribir también es exponerse. Y no solo a los lectores, que ya es bastante decir. Como bien sabes, antes de publicar, está ese espacio de máxima vulnerabilidad que es el proceso de edición.

Todos los textos necesitan revisiones, correcciones, cambios, movimientos, cortes y mucho de reescritura.

Todos los autores necesitan a alguien con criterio y la vista fresca. Muchas veces antes de que empiece la escritura, otras veces durante el proceso y, siempre, siempre, una vez que han terminado.

El talento y la experiencia no eximen a ningún autor de este paso, al contrario, cuanto más experiencia, más claro tiene que lo necesita y lo agradece. La única diferencia suele estar en que hay partes del proceso que podrían ser más sencillas, pero de esto tampoco hay garantía. Y eso está bien.

Entre quien escribe y quien edita y, según sea el caso, quien acompaña en la escritura, se crea un espacio de genuina intimidad: alguien comparte un trozo de su mundo interior y entrega su texto, al desnudo, para que alguien más lo toque.

Son muchas las variables, pero si hay algo seguro es que de ese espacio no saldrá un buen texto si no hubo honestidad.

Quien escribe debe hacerlo con rigor y desde su verdad (aunque se trate de ficción).

Y quien lo edita, debe preguntar, contrastar, corregir, cortar, borrar, mover y sugerir, con sinceridad y sin reservas.

Yo, que estoy constantemente de los dos lados, sé que no es sencillo.

Sin embargo, nada le da más tranquilidad a mi cerebro ansioso que saber que mi texto se lo ha leído alguien que puede ver, por cosas que son inherentes al papel que juego en ese momento, lo que yo no veo.

Como mentora y editora intervengo el trabajo de alguien sabiendo, además, el esfuerzo y las angustias que hay detrás. Mi deber es hacerlo con firmeza, apertura y respeto, consciente de que yo también puedo equivocarme. Nada fácil.

La recompensa es ver el texto pulido, provocar el encuentro con el lector.

Pero también, en mi caso, es ver el rostro de quien encuentra el camino luego de una conversación o se siente comprendido y acompañado durante un viaje que a veces se hace largo y complicado.

Mi invitación hoy es a que escribas sin reservas y a que no te olvides de tener a alguien que no te mienta como si te quisiera, sino que te quiera -y te lea- de verdad.

Si estás pensando en publicar tu libro, quizás te interese este otro artículo que escribí para despejar algunas dudas. 

Pero si lo tuyo es profundizar y quieres  saber más sobre la historia de un proceso tan interesante como es editar , puede que te interese este libro: Historia del libro y edición de textos. 

 

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